El liderazgo eclesiástico, basado en Pablo a Timoteo, se enfoca en el orden y la doctrina. Usa las figuras del soldado (lealtad), el atleta (ética) y el labrador (paciencia) para una formación profunda. En contraste, el liderazgo evangelístico sigue el modelo de Jesús: el «mochilero espiritual». Este viaja ligero, sin recursos, para depender totalmente de la fe. Su mensaje es simple: «el reino se ha acercado». El error es imponer la burocracia del templo a la urgencia de la calle, lo que apaga el impulso natural del Espíritu Santo. Los discípulos se forman en el camino, no solo en el aula. Mientras la iglesia es el puerto seguro, el evangelismo es la misión vital. Ambos liderazgos se necesitan y complementan sin intentar dominarse el uno al otro.


